Villette
Villette —Bon! Me alegro de oÃrlo. Lo sabÃa, de algún modo, antes de que usted me lo dijera. Era consciente de que algo nos unÃa. Usted es paciente, y yo colérico; usted pálida y silenciosa, y yo moreno y exaltado; usted una estricta protestante, y yo una especie de jesuita laico: pero somos iguales… existe cierta afinidad entre los dos. ¿No lo ve usted, mademoiselle, cuando se mira en el espejo? ¿No se da cuenta de que su frente tiene la misma forma que la mÃa… y sus ojos están cincelados como los mÃos? ¿No oye en su voz un tono muy semejante al mÃo? ¿No sabe que su fÃsico se parece al mÃo? Yo percibo todo eso, y creo que usted y yo nacimos bajo la misma estrella. ¡SÃ, bajo la misma estrella! ¡Tiemble! Pues cuando esto sucede entre los mortales, los hilos que tejen su destino son difÃciles de separar; se forman nudos, se enganchan… roturas inesperadas dañan el tejido. Pero esas «impresiones», como las llama usted con su cautela inglesa, yo también las he tenido.
—Hábleme de ellas, monsieur.
—No hay nada que desee más, y pensaba hacerlo. ¿Conoce usted la leyenda de esta casa y su jardÃn?
—La conozco. SÃ. Dicen que hace varios siglos una monja fue enterrada viva al pie de este mismo árbol, bajo la tierra que usted y yo estamos pisando.
—Y que antiguamente el fantasma de una monja solÃa pasearse por aquÃ.
—Y ¿si siguiera haciéndolo, monsieur?