Villette

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»“¿Qué ocurre?”, pregunté. Thomas, mi criado, me respondió con brusquedad: “Entre en casa, señorita”. Y luego llamó a otra criada que llegó corriendo de la cocina como si obedeciera a un presentimiento: “Ruth, lleva inmediatamente a casa a la señorita”. Pero yo estaba arrodillada en la nieve, al lado de algo que yacía allí, y que yo había visto arrastrarse por el suelo… algo que suspiró y gimió contra mi pecho cuando lo levanté y lo atraje hacia mí. No estaba muerto; no había perdido el conocimiento. Hice que lo llevaran al interior de la casa; me negué a recibir órdenes y a alejarme de él. Estaba muy serena, no sólo para ser dueña de mí misma, sino también de los demás. Habían intentado tratarme como a una niña, como se hace siempre con las personas a las que golpea la mano de Dios, pero no dejé que nadie se le acercara excepto el médico, y cuando éste hubo hecho cuanto pudo, me quedé a solas con mi agonizante Frank. Tuvo fuerzas suficientes para abrazarme y pronunciar mi nombre; me oyó rezar quedamente a su lado; sintió mi presencia cuando le consolé con ternura.

»“María —exclamó—, muero en el Paraíso”. Con su último aliento, me dedicó palabras de amor. Cuando amaneció el día de Navidad, mi Frank estaba al lado del Señor.


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