Villette

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Después del refrigerio, las alumnas pudieron correr y jugar libremente por los prados; un pequeño grupo se quedó para ayudar a la mujer del granjero a recoger la loza. Monsieur Paul me llamó —cuando estaba con ellas— para que me sentara cerca de él debajo de un árbol, desde donde podía vigilar a la tropa que retozaba en los pastizales, y le leyera mientras fumaba su cigarro. Se sentó en un banco muy rústico y yo en las raíces del árbol. Mientras leía (un clásico de bolsillo, un Corneille que a mí no me gustaba, pero a él sí, pues descubría cosas hermosas donde yo era incapaz de percibirlas), monsieur Paul escuchaba con una dulce serenidad, realmente admirable en una persona tan impetuosa; la dicha más profunda llenaba sus ojos azules y suavizaba las arrugas de su ancha frente. Yo también me sentía feliz: feliz con aquel día luminoso, todavía más feliz con su presencia, la más feliz del mundo con su gentileza.

Poco después me preguntó si no preferiría correr con mis compañeras que estar allí sentada. Le dije que no; que me sentía contenta de estar con él. Si yo fuera su hermana, quiso saber, ¿me gustaría estar siempre con un hermano como él? Le contesté que eso creía; y mis palabras fueron sinceras. Si él tuviera que abandonar Villette y marcharse muy lejos, ¿lo sentiría yo?, inquirió a continuación; y yo dejé caer el Corneille, y no le respondí.


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