Villette

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—Tiene razón, hija mía. Debemos reconocer que Dios es misericordioso, aunque no siempre comprendamos sus designios. Debemos aceptar nuestra suerte, sea cual sea, y tratar de hacer más dichosa la de los demás. ¿No está de acuerdo? Pues bien, mañana empezaré con usted. Intentaré hacer algo para ayudarla, Lucy, algo que la beneficie cuando yo muera. Ahora me duele la cabeza de tanto hablar; pero me siento feliz. Acuéstese. El reloj está dando las dos. Qué tarde se acuesta usted; o mejor dicho, hasta qué tarde la obligo a quedarse con mi egoísmo. Pero váyase ahora; deje de preocuparse por mí; tengo la sensación de que descansaré bien.

Pareció disponerse a dormir. Yo también me retiré a mi cama, en una pequeña alcoba contigua a su habitación. La noche transcurrió tranquila; la muerte debió de sorprenderla en silencio, pacíficamente y sin dolor: a la mañana siguiente apareció sin vida, casi fría, pero con expresión serena y apacible. La excitación y el cambio de humor de la víspera habían sido el preludio de su final; un ataque bastó para cortar el hilo de una existencia sumida tanto tiempo en la aflicción.




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