Villette
Villette En ese dilema, sin nadie más a quien recurrir, decidà pedir consejo a una antigua criada de nuestra familia; en otro tiempo mi niñera, era ahora ama de llaves en una gran mansión cercana a la de la señorita Marchmont. Pasé unas horas con ella; me ofreció consuelo, pero no supo qué aconsejarme. Sumida aún en la oscuridad, me despedà de ella al llegar el crepúsculo; tenÃa por delante un paseo de dos millas; la noche era clara y hacÃa mucho frÃo. A pesar de la soledad, de la pobreza y de la confusión, con el coraje y el vigor de una juventud que aún no habÃa cumplido veintitrés veranos, mi corazón latÃa alegre y decidido. No flaqueaba, estoy segura, de lo contrario habrÃa temblado durante aquel paseo solitario a través de campos silenciosos sin aldeas, granjas ni pequeñas casas; me habrÃa aterrorizado la ausencia de luna, pues sólo podÃa seguir el oscuro sendero con la ayuda de las estrellas; y me habrÃa asustado aún más la insólita presencia de algo que resplandecÃa en el norte, un misterio en movimiento: la Aurora Boreal. Pero aquella solemne desconocida no aumentó mis temores, sino que pareció infundirme un nuevo vigor. Absorbà la energÃa de la brisa cortante que soplaba en su estela. Un pensamiento audaz acudió a mi imaginación; mi espÃritu se habÃa fortalecido para aceptarlo:
—Abandona esta desolación, y vete lejos.
—¿Adónde? —fue mi pregunta.