Villette

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—Ahora que me conoce de verdad… todos mis antecedentes, todas mis responsabilidades… después de llevar familiarizada mucho tiempo con mis defectos, ¿podemos usted y yo seguir siendo amigos?

—Si monsieur quiere que sea su amiga, me alegraré de contar con su amistad.

—Pero una amistad entrañable, quiero decir. Íntima y verdadera, igual en todo, aunque con distinta sangre. ¿Querrá miss Lucy ser la hermana de un hombre muy pobre, cautivo y abrumado por las responsabilidades?

No pude responderle con palabras, pero supongo que asentí; cogió mi mano, que halló consuelo cobijándose en la suya. Su amistad no era un ofrecimiento incierto y vacilante, una esperanza fría y lejana, un sentimiento tan frágil que no pudiera soportar el peso de unos dedos: en seguida sentí (o creí sentir) su apoyo, fuerte como una roca.

—Cuando hablo de amistad, me refiero a una amistad verdadera —insistió.

Y yo apenas podía creer que unas palabras tan graves hubieran bendecido mis oídos; apenas podía creer que su mirada inquieta y amable fuera real. Si de veras deseaba mi confianza y estima, y de veras me entregaba las suyas, tenía la sensación de que la vida no podía ofrecerme nada mejor. En ese caso, yo era fuerte y rica: en un instante, me convertí en una mujer feliz. Para asegurarme del hecho, fijarlo y sellarlo, pregunté:


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