Villette
Villette Poco tiempo después, tal vez quince dÃas, vi a tres personas —monsieur de Bassompierre, su hija y el doctor Graham Bretton—, sentadas a la sombra de un árbol de largas ramas, en los jardines del palacio del Bois l’Etang. HabÃan ido a disfrutar de un anochecer de verano: al otro lado de las majestuosas rejas les esperaba el carruaje para llevarlos a casa; el césped se extendÃa a su alrededor, oscuro y silencioso; el palacio se alzaba en la lejanÃa, blanco como un risco del Pentélico[384]; la estrella del atardecer[385] brillaba por encima de él; un bosque de arbustos floridos perfumaba el aire; todo era quietud y dulzura; no se veÃa ni un alma, a excepción de aquel grupo.
Paulina se encontraba entre los dos caballeros; mientras conversaban, sus pequeñas manos parecÃan ocupadas en algo; al principio pensé que estarÃa atando un ramillete de flores. No; con unas tijeras diminutas que brillaban en su regazo, habÃa cortado un rizo de las dos cabezas varoniles y se afanaba en trenzar el mechón gris y el bucle dorado. Cuando hubo terminado, como no tenÃa a mano hilo de seda para atarlo, lo sujetó con sus propios cabellos; hizo una especie de nudo, y lo metió en un guardapelo que se colocó sobre el corazón.
—Y, ahora —dijo—, tengo en mi poder un amuleto que os obligará a ser siempre amigos. No podréis pelearos mientras yo lo lleve encima.