Villette
Villette Entonces empezó a prestarme libros… a los que yo sólo echaba un vistazo; en mi opinión, eran demasiado insignificantes para ser leídos, señalados, memorizados, o digeridos. Además, yo tenía un libro en el piso de arriba, bajo la almohada, cuyos capítulos satisfacían todas mis necesidades de saber espiritual, ofreciéndome unos preceptos y unos ejemplos que, en el fondo de mi corazón, estaba convencida de que no podían mejorarse.
Luego père Silas me mostró la cara amable de Roma, sus buenas obras, y me pidió que juzgara el árbol por sus frutos.