Villette
Villette Le respondí que sentía y creía que esas obras no eran los frutos de Roma; sólo su exuberante floración, la hermosa promesa que mostraba al mundo. Esa floración, cuando daba frutos, no tenía sabor a caridad; el manzano maduro era ignorancia, humillación, fanatismo. Forjaba los remaches de su servidumbre con las desgracias y los sentimientos de los hombres. Alimentaba, vestía y protegía a los pobres para que contrajeran una obligación con «la Iglesia»; criaba y educaba a los huérfanos para que crecieran dentro del redil de «la Iglesia»; cuidaba a los enfermos para que murieran según los preceptos y ordenanzas de «la Iglesia»; y exaltaba a los hombres, y sacrificaba terriblemente a las mujeres, y dejaba a un lado un mundo que Dios hizo bueno por el bien de sus criaturas —llevando una cruz monstruosa por lo mortificante de su peso—, para servir a Roma, demostrar su santidad, confirmar su poder y extender el reinado de su tiránica «Iglesia».
Poco se hacía por el bien del hombre; menos por la gloria de Dios. Se abrían mil caminos con el sufrimiento, el sudor y la sangre, el despilfarro de la vida; las montañas se resquebrajaban y las rocas se agrietaban; y todo ¿para qué? Para que los sacerdotes pudieran seguir hacia delante y alcanzar una elevada posición, y desde las alturas extender el cetro de su «Iglesia» de Moloc[380].