Villette

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Aquella separación era una terrible pérdida para ella, afirmaba. No sabía cómo llenar el vacío dejado por el profesor. Estaba tan acostumbrada a su primo, se había convertido en su mano derecha; ¿cómo iba a arreglárselas sin él? Ella se había opuesto a que diera ese paso, pero monsieur Paul la había convencido de que era su deber.

Decía todas esas cosas en público, en classe, en la mesa del comedor, hablando con Zélie St Pierre lo bastante fuerte para que pudiéramos oírla.

«¿Por qué era su deber?», me habría gustado preguntarle. Y tuve ganas de aferrarme a ella cuando, en el aula, pasó tranquilamente a mi lado; de extender mi mano y coger la suya, diciendo: «Deténgase. Cuéntenoslo todo. ¿Por qué debe marchar al destierro?». Pero madame siempre se dirigía a las demás profesoras, y jamás me miraba, jamás parecía pensar que aquel asunto pudiera interesarme.

Seguían pasando los días. No sabíamos si monsieur Emanuel vendría a despedirse de nosotros; nadie parecía preocupado por eso; nadie preguntaba si lo haría o no; nadie manifestaba su miedo de que se marchara sin decir adiós; todos hablaban sin cesar, pero, en sus conversaciones, nunca tocaban ese punto vital. En cuanto a madame Beck, ella podía verlo, por supuesto, y decirle cuanto deseaba. ¿Qué podía importarle a ella que viniera o no a la rue Fossette?


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