Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Tu hermano te quiere muchÃsimo, ¿verdad? —observó Heathcliff con desdén—. Te deja a la deriva en el mundo con sorprendente rapidez.
—Él no sabe lo que sufro —replicó ella—. No se lo he contado.
—Entonces le has contado algo. ¿Le has escrito, verdad?
—Para decirle que me habÃa casado, le escribÃ… tú viste la nota.
—¿Y nada más, desde entonces?
—No.
—Mi señorita parece tristemente desmejorada con su cambio de estado —observé—. Le falta el amor de alguien, evidentemente, de quién, me lo figuro, pero quizá no deba decirlo.
—Yo me figuro que el suyo propio —dijo Heathcliff—. ¡Está degenerando en una puerca! Se ha cansado muy pronto de intentar complacerme. No lo creerás, pero a la mañana siguiente de nuestra boda ya estaba llorando por ir a casa. Sin embargo, se acomodará mejor a esta casa al no ser demasiado limpia, cuidaré de que no me deshonre correteando por ahà fuera.