Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas De haber sido tan insensatas como para ordenar semejante proceder, no nos habría dado tiempo. No respetó la ceremonia de llamar y de anunciarse. Era el amo y se valió del privilegio del amo de entrar directamente sin decir una palabra. La voz de nuestro informante le dirigió a la biblioteca. Entró, y echándole, cerró la puerta.
Era la misma habitación en la que había sido introducido, como invitado, dieciocho años antes. La misma luna brillaba a través de la ventana y el mismo paisaje otoñal se extendía fuera. No habíamos encendido aún una vela, pero se podía ver toda la habitación, hasta los retratos de la pared: la espléndida cabeza de la señora Linton y la agraciada de su marido. Heathcliff avanzó hacia el hogar. El tiempo tampoco le había cambiado mucho. Era la misma persona: el rostro moreno, un poco más cetrino y más sosegado, el cuerpo con seis o doce kilos más, quizá, ninguna otra diferencia. Catherine, cuando le vio, se levantó con un impulso de salir corriendo.