Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Cuando los tenÃa estaba siempre leyendo —dijo Catherine—. Pero el señor Heathcliff no lee nunca, asà que se le metió en la cabeza destruir mis libros. No le he echado un vistazo a uno desde hace semanas. Sólo una vez busqué entre el montón de teologÃa de Joseph, con gran irritación suya, y una vez, Hareton, di con una reserva secreta en tu habitación… algunos griegos y latinos y algunos cuentos y poesÃas, todos viejos amigos. Traje aquà los últimos… y tú los recogiste, como recoge una urraca cucharas de plata, ¡por mero placer de robar! No te sirven para nada. Q si no, los escondiste con la mala intención de que, ya que tú no los puedes disfrutar, no lo haga nadie. ¿Quizá tu envidia aconsejó al señor Heathcliff que me robara mis tesoros? ¡Pero la mayorÃa de ellos los tengo escritos en mi cabeza e impresos en mi corazón y de ésos no me privaréis!
Earnshaw se puso como la grana cuando su prima hizo esa revelación de sus secretos acopios literarios y balbuceó una indignada negativa a las acusaciones de ella.
—El señor Hareton está deseoso de aumentar su caudal de conocimientos —dije, acudiendo a su rescate—. No es envidia, sino emulación de los talentos de usted. Dentro de pocos años será un alumno inteligente.