El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¿Y por qué hablará de ese consejero?

—Seguramente vio a alguien que ha impresionado su perturbada imaginación. O puede que sea sencillamente una alucinación.

Unos minutos después el camión llevaba a Riujin a Moscú. Estaba amaneciendo, y la luz de los faroles de la carretera era innecesaria y molesta. El conductor, enfurecido por la noche en blanco, iba a toda marcha y el camión resbalaba en las curvas.

Se tragó el bosque, dejándolo atrás; el río se iba a un lado y delante del camión corría toda una avalancha de objetos: vallas y puestos de vigilancia, leña apilada, postes enormes y unos mástiles, y en los mástiles extraños carretes, montones de guijarros, la tierra surcada por canales; en una palabra, se notaba que Moscú estaba allí mismo, tras un viraje, y que en seguida lo tendrían encima, rodeándoles.

Riujin sufría el traqueteo y los vaivenes del camión, trataba de instalarse sobre un madero que se le escurría continuamente. Las toallas que Panteléi y el miliciano, que se habían marchado en un trolebús, arrojaron dentro del camión, resbalaban por la caja. Riujin hizo intención de recogerlas, pero reaccionó con enfado, les dio un puntapié y desvió la vista: «¡Al diablo con ellas! ¡Soy un primo por ocuparme tanto de este lío!».


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