El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¿Y no pasará antes por su casa? —preguntó Stravinski con rapidez.
—¡Pero si no tengo tiempo! Mientras yo me paseo y voy a mi casa, ¡se larga!
—Bien. ¿Y qué será lo primero que diga a las milicias?
—Lo de Pilatos —respondió Iván, y sus ojos parecÃan velarse con una nubécula lúgubre.
—¡Perfecto! —exclamó Stravinski conquistado, y, volviéndose al de la barbita, ordenó—: Fédor Vasilievich, puede dar de baja al ciudadano Desamparado, pero no ocupe esta habitación ni cambie la ropa de cama. Dentro de dos horas el ciudadano Desamparado estará aquÃ. Bien —se dirigió al poeta—, no puedo desearle éxito, porque tengo la absoluta certeza de que no lo tendrá. ¡Hasta pronto! —se levantó y su séquito inició la marcha.
—¿Y qué razón voy a tener para volver aqu� —preguntó Iván, preocupado.
Stravinski parecÃa esperar esta pregunta, porque se sentó de nuevo y empezó a decir:
—Por la simple razón de que en cuanto aparezca usted en las milicias en calzoncillos, diciendo que ha visto a un hombre que conoce personalmente a Poncio Pilatos, le traerán aquà inmediatamente y se tendrá que quedar en esta misma habitación.