El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Eso no —aseguró Stravinski—, no irá a ningún sitio, se lo garantizo. Y recuerde que aquà le ayudarán en todo lo posible, sin eso no conseguirá nada. ¿Me oye? —preguntó Stravinski con aire significativo. Cogiéndole las manos a Iván Nikoláyevich y mirándole fijamente a los ojos, repitió varias veces, sin soltarle—: Aquà le vamos a ayudar. ¿Entiende? Le vamos a ayudar. Se sentirá mejor, es un sitio tranquilo, silencioso… Le vamos a ayudar…
De pronto, Iván Nikoláyevich bostezó y se suavizó su expresión.
—SÃ, sà —dijo en voz baja.
—Muy bien —concluyó Stravinski, como de costumbre, y se levantó—; adiós. —Le estrechó la mano y ya a la salida dijo, volviéndose hacia el de la barbita—: SÃ, pruebe el oxÃgeno y los baños.
Instantes después, Iván no tenÃa a nadie frente a él. El profesor y su séquito habÃan desaparecido. Más allá de la reja de la ventana, iluminado por un sol de mediodÃa, se veÃa el pinar revestido de alegre primavera y un poco más cerca brillaba el rÃo.