El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Voy al garaje —respondió muy hosco el chófer, y le volvió la espalda.
Rimski abrió la cartera, sacó un billete de cincuenta rublos y se los alargó al conductor por la portezuela abierta.
Y al cabo de un instante el coche, trepidante, volaba como el viento por la Sadóvaya. Rimski, sacudido en su asiento, veía en el retrovisor los alegres ojos del chófer y sus propios ojos enloquecidos.
Al saltar del coche, junto al edificio de la estación, gritó al primer hombre con delantal blanco y chapa que encontró:
—Primera clase, un billete; te daré treinta —sacaba de la cartera los billetes de diez rublos, arrugándolos—; si no hay de primera, dame de segunda… ¡Y si no, de tercera!
El hombre de la chapa, mirando el reluciente reloj, le arrancaba los billetes de la mano.
Cinco minutos después de la cúpula de cristal de la estación salía el exprés, perdiéndose por completo en la oscuridad. Y con él desapareció Rimski.