El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¿Cómo que nada? ¿Se acuerda que el día de mi llegada a Jershalaím había un montón de mendigos… y que quise darles algo de dinero y como no llevaba encima se lo pedí a usted?

—Procurador, ¡si eso no es nada!

—Eso tampoco se debe olvidar —Pilatos se volvió, cogió su toga que estaba detrás de él, sacó de debajo un pequeño saco de cuero y se lo extendió al huésped. Éste, al recibirlo, hizo una reverencia y lo guardó debajo de la capa.

—Espero el informe sobre el entierro —dijo Pilatos—, y sobre el asunto de Judas de Kerioth esta misma noche. La guardia recibirá órdenes de despertarme en cuanto usted llegue. Le espero.

—A sus órdenes —dijo el jefe del servicio secreto y se fue del balcón. Se oyó crujir la arena mojada bajo sus pies, luego sus pisadas por el mármol entre los leones. Después desaparecieron sus piernas, el cuerpo y, por fin, capuchón. Sólo entonces el procurador se dio cuenta de que el sol se había puesto y había llegado el crepúsculo.


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