El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Margarita ya conocÃa la sensación del vuelo, pero el maestro se sorprendió de la rapidez con que llegaron a su objetivo, al lugar donde se encontraba aquel del que querÃa despedirse, porque no tenÃa a nadie más a quien decir adiós. Reconoció en seguida, a través del velo de la lluvia, el edificio del sanatorio de Stravinski, el rÃo y el pinar en la otra orilla. Bajaron en el claro de un bosquecillo cerca del sanatorio.
—Les espero aquà —gritó Asaselo, poniendo las manos en forma de altavoz, iluminado por los relámpagos y desapareciendo en la penumbra gris—. DespÃdanse, ¡pero rápido!
El maestro y Margarita bajaron de los caballos y volaron a través del jardÃn del sanatorio como dos sombras de agua. Al instante el maestro descorrÃa con familiaridad la reja de la habitación número 117. Margarita le seguÃa. Entraron en el cuarto de Ivánushka, invisibles e inadvertidos en medio del ruido y el aullido de la tormenta. El maestro se acercó a la cama.
Ivánushka estaba inmóvil observando la tormenta, como lo hiciera el primer dÃa de su estancia en la casa de reposo. Esta vez no lloraba. Cuando descubrió la silueta oscura que se habÃa introducido por el balcón, se incorporó, extendió los brazos y exclamó, contento:
—¡Ah!, ¡es usted! ¡Le esperaba, le esperaba hace mucho! ¡Por fin está aquÃ, vecino mÃo!