Don Juan

Don Juan

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Un día de verano, estación peligrosa es el verano (también la primavera, en especial hacia fines de mayo, y la culpa está, ciertamente, en el Sol), exactamente el 6 de junio, a las seis y media o siete de la tarde, la linda Julia se hallaba sentada bajo unos árboles, cuyas ramas entrelazadas formaban una fresca bóveda sobre su cabeza, como las que cubren a las huríes en el paraíso pagano descrito por Mahoma. Julia no estaba sola. Don Juan, el don Juan de los dieciséis años, se hallaba frente a ella. Cuando dos rostros como los suyos se miran tan cercanos en una disposición semejante, sería prudente, pero es muy difícil, que los ojos se cierren al placer de la contemplación. ¡Qué hermosa estaba Julia! La agitación ardiente de su corazón se manifestaba irresistible en los vivos colores de sus mejillas. ¡Oh, amor! Altivamente hermosa, Julia se hallaba a la orilla de un precipicio inmenso, pero la confianza que tenía en su virtud era más inmensa todavía. Pensaba en su fuerza y en la juventud de Juan; en la locura de los temores de la prudencia; en la virtud triunfante; en la fe conyugal; en fin…, en los cincuenta años de don Alfonso… Yo hubiera deseado que no se le hubiese presentado a Julia este último pensamiento, porque, en verdad, cincuenta años son una cifra que inspira difícilmente afectos. En todos los climas, lo mismo los que calienta el sol que los que cubren las nieves y las nieblas, tal número de años suena mal en amor, aunque no sea lo mismo en el manejo de la hacienda.


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