La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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Enseñaba Matemáticas el Dr. Alberto Guerizoli, con el entusiasmo de sus años mozos, disimulados por una cabeza cuya total calvicie le hacía aparentar más edad. Era muy bueno, pero no corregía un defecto: explicaba con demasiada velocidad y hacía parar siempre al mismo alumnos: de la Peña.

Pese a su esmero en el desarrollo del programa, sus clases resultaban por el rápido ritmo que mantenía, lo que dificultaba seguir paso a paso sus teoremas, que se volvían así, inteligibles.

Correspondiéndole la primera hora, y habiendo opción para faltar en determinadas circunstancias, muchas resolvieron eludirla, entrando directamente a la segunda.

Tuvo también él su frase peculiar; al finalizar un teorema o al establecer un principio, miraba a sus oyentes exclamando: “¿Noeverdá? ¡Ajá!”.

Expresiones diferentes a las del Dr. Pedro J. Baiocco, de geografía, que subrayaba sus palabras con dos gestos, muy repetidos: con el codo derecho casi pegado al cuerpo, bajaba repetida y velozmente sus dedos arqueados, trazando cortos semicírculos; y con la derecha extendida pasaba su pulgar insistentemente por el borde inferior de su nariz. De regular estatura, cabellos canos y edad madura, ojos inquietos tras un par de anteojos de finos aros de oro, caminaba como agobiado y hablaba en voz baja y pausada; parecía un sacerdote dando un sermón.


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