La barra de los tres golpes

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Minutos más tarde entró a la sala un señor de baja estatura, ligeramente canoso, que caminaba algo encorvado, como si lo agobiara el peso de los años; amonestó al celador porque no nos levantamos apenas llegó y pronunció unas palabras de bienvenida. "Jóvenes estudiantes -comenzó, y mientras hablaba bajaba la cabeza hacia adelante, alargando la acentuación final de muchas palabras- vosotros habéis tenido la suerte de ingresar a esta casa que es vuestro segundo hogar, obteniendo esa ventaja sobre otros jóvenes que, como vosotros, han tenido voluntad para estudiar, han tenido ese mismo deseo y no han podido, quedando afuera porque no había lugar….".

Siguió exhortando al estudio, presentándose luego con frases emocionadas: “Yo soy el director de esta escuela, soy vuestro padre espiritual, soy vuestro amigo, vuestro camarada;” allí está mi despacho para cuando me necesitéis; siempre os atenderé porque vosotros sois ya hombres que se sacrifican para ayudar a sus hogares y concurrís a este colegio con el popósito de superaros y de engrandecer a vuestra patria....”

La impresión que este discurso había causado a sus oyentes no podía ser mejor ni más alentadora; pero la sonrisa irónica con que el celador contempló su retirada, sembró la primera semilla de la duda, que pronto produciría generosas cosechas.


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