La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes -Pero señor, yo no puedo trabajar. ¡Cómo molestan los de la mañana!
-¡Le he dicho que escriba!.
-¡Ufa! ¡cómo me secan los de la mañana!
Y seguía haciendo sonar las campanillas cada vez con mayor estrépito, mientras los demás camaradas no adherían a la protesta porque no podían aguantar la risa provocada no sólo por el ruido cansador, sino, principalmente, por esa cara inmutable, seria, ofendida, que podía mirar imperturbablemente al rostro del profesor, mientras le silbaba en sus propias narices!.
Una vez el doctor C. contó un chiste. Nada tenía de extraordinario y, por más que buscaran, tampoco se le halló nada cómico. Pero lo había dicho él y la división entera creyó indispensable celebrarlo. Rió, para hacer más escándalo, a carcajadas con todas las vocales: quien bramaba "ja, ja, ja"; quien "je, je, je" y así, sucesivamente. Por momentos parecía imposible que semejantes ruidos pudieran salir de gargantas humanas. Y lo que al comienzo fue risa simulada se convirtió en auténtica, porque la provocaba la cara del profesor ante la reacción de los muchachos y éstos, al lanzar tantos aullidos también rieron del efecto, de los mismos.
Desde aquella ocasión, no contó más chistes.