La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes El Dr. Porto, muy bueno y noble, carecía de serenidad. Se ofuscaba frecuente y súbitamente y hablaba torciendo la boca hacia un costado. Bastaba una simple indicación o una pregunta para que, contestara sin reflexionar; esos raptos de turbación fueron transformados en momentos de verdadera alegría.
Salvador Santa Cruz, uno de los nuevos llegados, de una veintena de años, pronunciaba abusivamente la "z" y ocupaba un banco delantero. Le divertía interrumpirlo con el intempestivo. grito de "¡Está mal!". Protestaba en seguida el profesor: "¿Lo, que 'ta' mal?". Santa Cruz se detenía un rato, simulando concentrar su atención en el teorema desarrollado, y presentaba sus, excusas: " ¡Ah! no; ¡me equivoqué!".
También era propio de esa clase hacer enojar al "portugués". Si faltaba tiza alguien gritaba: " ¡Que vaya Souza a buscarla!". De inmediato agregaba el Dr. Porto: " ¡Bueno, sí, que vaya Souza! ". Si nadie quería pasar, no faltaba el intérprete del sentimiento general que clamaba: "¡Que pase Souza!". Instantáneamente llegaba la confirmación: "¡Bueno, sí, que pase Souza!" y éste iba al frente descargando su furia en miradas que relampagueaban, mordiéndose los labios para contener el rosario de imprecaciones que pugnaba por salir de su boca.