La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Llegaban las bromas a su punto culminante en la clase de castellano, a cargo del Dr. Esteban J. Ríos, abogado, de unos cincuenta años de edad, bonachón, muy calmo, de marcada acentuación provinciana; vestía impecable cuello duro alto, con punta redonda; usaba chaleco con filete blanco, siendo cuidadoso con su ropa y su persona; de maneras suaves y paso lento, se ubicaba en el fondo del aula, desde donde podía dominar a los asistentes; pero felizmente para él no tenía oído muy agudo y no escuchaba el torrente de frases y de improperios que sin contemplaciones, se intercalaban con las explicaciones de los que pasaban al frente. El Dr. Ríos solía conversar con los ocupantes de los asientos del fondo y permanecía ajeno a la batalla que se libraba entre el llamado a exponer y los que se sentaban en los primeros bancos: figuraban entre ellos algunos de los más revoltosos: Feuillerat, Campos, Díaz, Ortega. Volaban tizas, papeles tirados con bandas elásticas a guisa de hondas; alfileres doblados por la mitad; e impresionantes series de palabrotas capaces de enriquecer cualquier diccionario de ideas violentas.
En ocasiones llegaba a tal extremo el bochinche, que hasta el Dr. Ríos se daba cuenta e intervenía protestando; luego continuaba prestando atención a sus interlocutores.