La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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La puerta de la caja de llaves de luz estaba siempre cerrada. Un sábado fueron infructuosas las tentativas para abrirla; cuando hubo certeza absoluta de su solidez, apelóse a un sistema eficaz: Ortega saltó y le dio una violenta patada desencajándola. La puerta voló a través de una ventana y fue a parar a varios metros de distancia. Dióse la vuelta requerida a la llave y luego ésta se perdió. Así como Dios hizo la luz, los muchachos habían hecho la oscuridad.

Luego permanecieron en el corredor aguardando los acontecimientos. Era la hora de francés y el Dr. Casanovich parecía no estar con excesivas ganas de dar clase; el comprender la maniobra rió de buenas ganas como los demás. Pero el encanto se deshizo al saberse que la Dirección había dispuesto usar otro salón, perfectamente iluminado y con llave fuera del alcance de los interesados; no quedó más remedio que soportar, entre protestas y bostezos, las clases reglamentarias.

Aquel año, los de segundo cuarta conocieron algo insólito: el coro de silbatinas. Tratábase de inscriptos en años superiores, partidarios entusiastas del "boycott" a las lecciones sabatinas; declaraban huelga y con agudos silbidos mostraban su repudio a los "carneros" que entraban.


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