La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes El malestar de dichas clases quedaba compensado con las bromas: la gomita, la tiza, y cuanto proyectil había para tirar, estaban en su apogeo. Generalmente esas bataholas finalizaban con la suspensión de los principales promotores. Una noche fue tan intensa la batalla de tizas, que cuando el Dr. Udaquiola Vidal llegó al aula, contempló, sorprendido, una alfombra blanca que cubrió el piso. No hizo comentario alguno; pero era fácil advertir su alegría.
La división contaba, también, con un coro completo. Había toda clase de voces, principalmente chillonas y desafinadas. El repertorio no era muy selecto pero sí efectivo: "Arroz con leche", "Sobre el puente de Avignón", “Yo no soy buena moza”, “Mambrú se fue a la guerra”, "Asómate a la ventana", "A la víbora del amor" etc.
El coro no tenía pianos, violines, flautas, clarinetes, ni instrumento alguno susceptible de obtener sonidos siguiendo las notas de la escala musical; pero eso no lograba amilanar a los cultores de Orfeo. Sustituían a los instrumentos de percusión, de cuerda y de viento, el piso, los pupitres, las tablas de los bancos y hasta los libros. Las manos y los pies rivalizaban en entusiasmo para arrancar sonidos y a nadie ofendía el absoluto divorcio, con la armonía, el compás y el ritmo.