En la sangre

En la sangre

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No, no lo satisfacía, todo eso no bastaba, para que se creyese, en conciencia, autorizado a despedirlo de su casa, para darle a él tal derecho. Había indudablemente de por medio mucha mala voluntad, mucho de injusto, de infundado. No sabía por qué se ensañaban así contra el pobre mozo.

Sobre todo, no lo quería para marido de su hija él... ¡que lo dejaran quieto!...

Y ocupado de sus negocios, saliendo con frecuencia, yendo a la ciudad, concurriendo de día, a la Bolsa, de noche a la Sociedad Rural entre cuyos miembros figuraba, con frecuencia también acontecía que llegasen a encontrarse solos en la quinta la señora y Máxima.

La madre misma, en el concepto favorable, en la alta idea que de Genaro abrigaba, en la confianza ilimitada y ciega que había sabido éste inspirarle, solicitada por las mil atenciones de su casa, no vacilaba en ausentarse de la sala o del jardín, en tolerar sin sombra de recelo que, solos ambos, permaneciese largas horas junto a su hija.

¡Oh! ¡Y no había perdido su tiempo él; lejos hallábase ahora de la época de sus platónicos festejos, de sus vanos y pueriles amoríos, un día y otro día concretado, reducido a contemplarla y a seguir su huella a la distancia!...


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