En la sangre

En la sangre

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Bajaron la escalera de la plaza, caminaron hasta la esquina, de nuevo entraron por el Café, cruzaron el vestíbulo, siguieron a la izquierda, se detuvieron frente a una puerta; había sacado una llave Genaro.

-¿Qué haces?

-Ya lo ves, abrir y entrar.

Vamos a estar aquí como unos príncipes, solitos los dos tras de la reja.

-¿Y no verán, no se alcanzará a distinguir?

-¡Cómo quieres que se vea, sin luz adentro!

Uno junto a otro sentáronse en la penumbra, en la oscuridad del fondo del palco; Genaro atrás, hacia adelante Máxima.

-Sácate la careta -le pasaba, le deslizaba, al hablarle, el brazo por la cintura.- Un siglo me parece que hace, mi china, que no te miro... y que no te beso.

La atraía, la estrechaba él entretanto; ella quería, se dejaba. Un instante, de cerca, los dos se contemplaron y sus bocas de pronto se juntaron, sus ojos se entrecerraron, largamente, deliciosamente, como quien bebe, seco de sed.

-Bueno, ¿basta no? Estese con juicio ahora, como niñito bien criado y déjeme ver la función.

¡Qué figuras santo Dios, qué cacherío de mujeres éstas... y hasta sucias, che!...


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