En la sangre
En la sangre Ambos al separarse, en la escasa media cuadra de camino que alejaba a Genaro del hotel, tres veces, evitando éste el encuentro de otros tantos bultos, cruzó a la vereda opuesta. Tipos mal entrazados, sospechosos; uno de ellos emponchado, creyó ver, y que parecía haber querido seguirlo, acercarse a él por detrás, como buscarlo a traición.
¡Por fortuna acertaba a pasar un vigilante!...
Con mano trémula y nerviosa pegó un tirón de la campanilla, empujaba entretanto la hoja de la puerta; entró como sin pisar, como una sombra que cruza.
¿Nadie había estado, no había llegado carta para él? Como caballo que busca de qué espantarse, subió Genaro la escalera y allá arriba, entre las cuatro paredes de su mismo cuarto, sobrecogido aún de terror, entrecortado el resuello y afanoso, miró, buscó, registró bajo el sofá, bajo la cama, tras de la puerta, en los rincones, palpó la ropa colgada de las perchas del armario.
Tarde ya, arrojose de la cama en la mañana siguiente; el sueño lo había vencido, había dormido, había soñado; lo habían muerto primero, resultó falso después, querían casarlo, casarlo con otra, con una mujer vieja que era la madre de Máxima y que era su misma madre; y de miedo, de cobarde, lo iba a hacer, decía que sí.