En la sangre

En la sangre

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- XXXIV -

 

«Necesito hablar con usted; tenga a bien pasar por mi casa hoy a las cuatro.»

Estaba como tuto el individuo, se le conocía. Con todo... variaba de aspecto eso ya... buena diferencia... ahora sí... ¡le había vuelto el alma al cuerpo a él! No era, de seguro, con la intención de enderezarlo al otro mundo, que, a las cuatro de la tarde y en su misma casa, iría el viejo a darle cita... pero ni para agarrarlo a besos tampoco... ¡hum! ¿qué querría, con qué embajada le saldría?

¿Iría él? Sí, haciéndose una violencia bárbara, pero iría... Lástima que no fuese asunto de algo en que pudiera un tercero intervenir, para largarlo antes de carnada, como de personero suyo, para mandarlo en lugar de él, por las dudas...

Recibiolo en su escritorio el padre; con ademán seco y glacial, indicó a Genaro una silla:

-Ha sido usted un gran canalla, mocito, y yo, yo un gran culpable...

Debo, mal que me pese, sin embargo, y por desgracia mía, resignarme a ver en usted al marido de mi hija...

-Señor...

Deteniéndolo, cortando a Genaro la palabra con un simple gesto de la mano:


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