En la sangre
En la sangre Y, en el sordo malestar que la pérdida de una latente y última esperanza le causaba -la de que allá, por acaso, hubiese su suegro podido morir abintestato- volvía meditabundo el pliego entre sus dedos, atenta y minuciosamente lo observaba, acercábalo a la luz, lo elevaba a la altura de la llama, empeñado en leer, buscando sorprender, a favor de la trasparencia del papel, el secreto que encerraba.
Inútilmente, nada se traslucía, nada alcanzaba Genaro a distinguir; opaco aquel y duro y grueso como pergamino, imposible de ese modo descubrir su contenido.
Pero debía, evidentemente, ser ológrafo el documento, por el aspecto del pliego, de puño y letra del autor, sin más formalidad ni requisitos, sin testigos... Quedaba acaso un segundo medio.
O había dejado dos ejemplares el padre de su mujer, otro en manos de tercero, o no existía sino uno solo, el que tenía él, Genaro, en su poder.
Si lo primero, bastaba buscar un sobre igual, dar con el sello, por ahí, en alguna parte, dentro de algún cajón, encima de algún tintero indudablemente lo hallaría, y ver por último de imitar la letra.
Si lo segundo, era más sencillo aún; con romper lisa y llanamente el sobre, estaba del otro lado... y así hubiera pretendido el individuo despojarlo a él de un solo peso, de un cuartillo partido por la mitad... ¡ni rastros, ni cenizas iban a quedar!...