En la sangre
En la sangre ¡Pero hasta cuando por Dios!... todo tiene su lÃmite y me parece que basta ya.
No extrañes que te hable asÃ, ni te sorprenda mi actitud resuelta y decidida... A qué querer intervenir, a qué mezclarme en lo que es ajeno a nosotras las mujeres, en asuntos de ustedes los hombres, dirás tú y acaso no carezcas de razón. Es cierto, no paso de ser una pobre muchacha ignorante yo; pero una cosa sé, sin embargo, es que soy madre, que pesan, en tal carácter, deberes agrados sobre mà y que eso me basta.
Lo que he recibido de mi padre, quiero dejárselo a mi hijo, es suyo, le pertenece, y, sin que importen mis palabras un reproche, permÃteme que te recuerde que estamos tú y yo en la obligación de conservar y trasmitirle intacto el patrimonio que le viene de su abuelo.
-Cualquiera que te oyese, mi hija, creerÃa que trato de despilfarrar yo, de tirar a la calle lo que tenemos... que soy un miserable o un loco, un inconsciente por lo menos...
-No, no digo tanto, no digo eso; pero lanzado en los negocios como te hallas, pueden salir errados tus cálculos, puedes llegar a equivocarte por desgracia, sufrir pérdidas, reveses y aun animado de las más sanas intenciones, comprometer asà con tu conducta la fortuna y el porvenir de tu hijo.