En la sangre

En la sangre

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Ahora, resuelve tú misma, elige tú. La riqueza por un lado, ya que tanto hablas de riqueza y de fortuna; la ruina y la deshonra por el otro, si te obstinas y persistes en negarme la miserable suma de dinero que solicito de ti.

Hubo un momento de silencio entre ambos. Iba y venía Genaro a lo largo de la pieza, una violenta agitación al parecer lo dominaba.

Como si la duda hubiese surgido en su espíritu y la hiciese a pesar suyo vacilar, obstinadamente Máxima lo observaba.

¿Mentía su marido, era farsa la de aquel hombre, comedia como otras veces, o llevaba impreso su acento el sello de la verdad, qué creer, qué pensar? llegaba ella a preguntarse, poseída, a la vez que de una tenaz y sorda desconfianza, de un extraño sentimiento de compasión:

-¿Cuánto te hace falta en suma, cuánto dices que necesitas? -bruscamente acabó por exclamar.

-Con trescientos mil pesos me bastaría.

-¡Tómalos y quiera Dios que sean los últimos!

¡Había caído en el garlito, se la había pisado, le había pegado en el codo y hecho abrir la mano a la muy pava!... Pava... pava... aunque no tanto, no tenía trazas de haberse quedado tan convencida que se dijera... Más bien por verse libre de él, como de un dolor de muelas, se conocía que había aflojado.


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