En la sangre
En la sangre -¡Máxima!, -exclamó Genaro entonces cambiando de tono bruscamente, brillando el fuego de la ira en su mirada, acusándose en los pliegues de su labio- no me insultes, no me ofendas sin derecho ni razón... quiero ser, me ves resuelto a mostrarme contigo bueno y tolerante, a no salir de la calma y la templanza que me he impuesto; acabo de soportar de ti palabras duras que persona alguna en el mundo otra que tú, osara impunemente dirigirme...
¡Pero cuida de lo que haces, reflexiona, mira de no poner a prueba mi paciencia, que podrÃa tal vez costarte caro!
-¿Con ésas me vienes, con amenazas ahora? Pierdes, te lo prevengo, lastimosamente tu tiempo, -repuso ella provocante- inventa algo mejor, -y clavando en su marido la mirada, una mirada de encarnada y profunda hostilidad- ¿qué más, dime, qué desgracia mayor puede llegar a sucederme a mà que la ignominia de tener un marido como tú?
-¡El remordimiento de haber sido la causa de mi muerte!... -a la vez que echaba mano a la cintura y con trágico ademán empuñaba un pequeño revólver de bolsillo, como fuera de sÃ, vociferó Genaro.
-¿Matarte tú?... ¡no eres capaz... los cobardes no se matan!