En la sangre
En la sangre Con la expresión de quien se siente vacilar y no acierta en la duda a resolverse, permaneció inmóvil él, de pie, un instante.
¿Qué diría, qué haría, qué le quedaba que hacer o que decir, por dónde era mejor que reventase? y sin articular palabra al fin, atropelladamente salió.
Había alcanzado a pisar el umbral de la puerta de calle; detúvose de pronto. ¿Llevaba puesto su sombrero? Sí, lo tenía. Dirigió hacia adentro la vista y esperó, trató de oír.
Nada, un completo silencio en la casa; ningún ruido se percibía, ninguna voz, nadie lo llamaba.
¿Lo dejaría salir así su mujer, sería capaz, habiéndole dicho él que iba a suicidarse nada menos, tan a fondo lo tendría calado que le había conocido el juego y ni duda siquiera conservaba de que fuese una grotesca farsa la suya... o tanto lo aborrecía, era tal y tan profunda su aversión, que llegaba acaso hasta alegrarse, hasta felicitarse en el fondo de que cargara el diablo con él?
Maquinalmente cruzó Genaro la calle, por la vereda opuesta avanzó con lentitud en dirección al Norte.
Y miraba, volvía a cada paso la cabeza esperando alcanzar a distinguir, a la incierta luz del gas, la silueta de Máxima en la puerta, ver que asomaba la sirvienta, salía corriendo en su busca, lo chistaba, lo alcanzaba y lo llamaba azorada en nombre de la señora.