En la sangre
En la sangre ¡Eh!, su madre, prorrumpió Genaro, con desesperado gesto de rabia y desaliento, dejándose caer sobre uno de los bancos de la Plaza del Parque, los codos en las rodillas, la frente entre las manos; su madre y su hijo y él y su mujer y todos y todo... ¡empezaba a tener hasta por encima del alma ya, a estar harto!
¿Qué halago, qué aliciente la existencia le ofrecía, qué vínculos a la tierra lo ligaban?
¿El deber?... ¿y el deber, qué era, qué lo constituía, quién lo fijaba, qué autoridad lo demarcaba... por qué no había de consistir eso, lo que llamaban deber, en agarrar cada cual por donde más le cuadrara y mejor le conviniese?
¿La ambición lo haría vivir, el anhelo de ser o de hacer algo? Todo su afán, su solo sueño había sido el dinero, lo había tenido y para perderlo y perderse él era para lo que le había servido...
¿Acaso la voz del corazón, la fuerza, la vehemencia del sentimiento, amor, cariño por los suyos, por alguien en el mundo? No sabía lo que era querer él, a nadie quería, jamás había querido... ni a su hijo, ni a su madre... ¡hallábase a punto de creer que ni a él mismo!
Y si tal había nacido, si así lo habían fabricado y echado al mundo sus padres, ¿era él el responsable, tenía él la culpa por ventura? No, como no la tenían las víboras de que fuese venenoso su colmillo.