En la sangre
En la sangre ¡Pobre, miserable, cubierto el cuerpo de andrajos y de lacras, comiendo cáscaras, pudriéndose en un calabozo de la cárcel sin esperanza de salir de él, había de querer vivir todavía, viviría, seguiría prendido con dientes y uñas a la vida, como los perros a las osamentas!...
No enloquecerse el soldado, el centinela ése que se paseaba de guardia frente al portón del Parque... ¡no antojársele agarrarlo a tiros, voltearlo a él de un balazo por detrás, sin que sintiese!...
Semejante a algún animal enorme y monstruoso algo a la vez como de serpiente y de ballena, escupiendo entre las sombras altos chorros de vapor, un tren cruzaba, silbaba, se arqueaba, crujía en la brusca curva de la plaza, al penetrar en la estación.
¿Qué hora era ya? Sacó Genaro su reloj: las doce y media de la noche.
¿Y tendría alma de presentarse, de volver muy suelto de cuerpo a su casa... en puntas de pie iría a meterse, corrido, abochornado, con el rabo entre las piernas, como un pichicho?...
Lo que se reiría Máxima de él, el gesto que haría, un soberano gesto de desprecio, si no de repugnancia, un gesto de asco al oírlo entrar... ¡Ahí estaba el farsante ése, el muerto, el suicidado, sano y bueno... degradado... inservible!...