En la sangre

En la sangre

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¡No; era mucho, demasiado eso ya, como para que se le cayera la cara, la jeta de vergüenza!...

¿Qué se había figurado la muy cangalla, que iba a poder ponerlo como un trapo, como un suelo, así, sin más ni más? ¡Ya vería si se había de jugar con él, si era hombre él de dejarse manosear impunemente por una mocosa como ella!

Y sin darse cuenta exacta del propósito que lo guiaba, incierto de lo que haría, ignorando aun a qué iba y para qué a punto fijo, sabiendo sólo que la idea de dañar, de causar mal, la necesidad, una necesidad imperiosa y repentina de vengarse lo impulsaba, emprendiendo a pasos precipitados el camino de su casa, acababa Genaro de abandonar su asiento.

¿Qué se había creído su mujer?... la había de parar de punta, varas la había de levantar, las hechas y por hacer le había de pagar... ya vería, ya iba a saber lo que era bueno... qué se había figurado, qué se había creído, rabiosamente murmuraba, repetía entre dientes al andar.

Llegó dando de empujones a las puertas, cerrándolas a golpes, con estrépito, como cantan los cobardes para infundirse valor. Entró a la sala, pasó por la antesala, penetró hasta el aposento de su mujer despierta aún:

-¿Me firmas el pagaré, me entregas el dinero, sí o no?


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