En la sangre

En la sangre

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Mentalmente en ese instante hizo el propósito de ir a verla, a aconsejarse de ella, y eludiendo desde luego contraer compromiso alguno, con buen modo, en buenos términos, trató de verse libre de la presencia importuna del agente; no sabía aún, lo pensaría, le contestaría, podía él dejarle las señas de su casa, le mandaría a Genaro en caso de resolverse.

Una vez en contacto con el marido de su protectora y luego de ponerle al cabo del asunto, de transmitirle los datos y antecedentes requeridos para presentarse ante el Juez, en momentos ya de retirarse, habló la viuda de su hijo.

Parecía que el muchacho iba a ser de mucha pluma: se manifestaba muy contento el maestro, decía que tenía cabeza. Pero como empezaba a ser grandecito ya, ignoraba qué camino seguir la madre, qué medida adoptar con él: si dejarlo en la misma escuela o ponerlo a pupilo en un colegio. Las criaturas, ya se sabía, eran criaturas, no tenían juicio, les gustaba jugar y hacer sus travesuras. A veces se le escapaba, el chico, se juntaba con otros y ella, sola y siempre enferma, no podía estarlo atendiendo.

Habría deseado colocarlo con alguna persona formal para que se ocupase de algo a su lado y siguiese a la vez yendo a la escuela.


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