En la sangre

En la sangre

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Con esa cantidad -una fortuna, nunca había visto tanto dinero junto él- sin mínima preocupación de lo futuro, de lo que podría ser de él más tarde, diose Genaro a vivir costosamente.

Empezó por alquilar dos vastas piezas, sala y dormitorio, en el piso principal del Ancla Dorada, sobre el frente. Almorzaba, comía y cenaba diariamente en el Café de París, iba a los teatros, de un lado a otro, recorría la ciudad en carruajes de alquiler, los tenía de cuenta suya estacionados largas horas a la puerta, ordenose varios trajes en lo de Bonás, compró ropa blanca, guantes, sombreros de Bazille y noche a noche, por los contornos de la Plaza del Parque, veíasele rodar en horas avanzadas, penetrar a las casas de puerta de reja de las calles de Libertad, Temple y Corrientes.

No había trascurrido sin embargo un mes, cuando, a ese paso, observó con extrañeza, sorprendido, que su caudal inagotable se agotaba, que empezaba a ver el fin de sus veinte billetes de a mil pesos; quedaba apenas un resto en el fondo de su bolsa.

¿Y cómo ahora, con sólo dos mil pesos papel de renta al mes, hacer frente a la serie de erogaciones que había pensado efectuar, proceder a su instalación definitiva, tener carruaje suyo, pagar sus gastos, llenar las exigencias del género de vida a que aspiraba?

Imposible; costaba más el alquiler de la casa, de una casa en el centro como la que él quería.


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