Música sentimental

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Un hombre alarga el brazo, me decía, toca un resorte, cae la cuchilla del fúnebre aparato y, con ella, la cabeza de otro hombre. Justicia ha sido hecha y, sin embargo, el ejecutor, el verdugo, el verdugo de la ley, su oficio infame, llama sobre él la maldición y el desprecio de la humanidad entera.

¿Qué otra cosa que verdugos somos, entretanto, nosotros los que matamos alcanzando una espada o una pistola, qué más hacemos que un oficio infame también, inhumano y odioso, cuando, erigiéndonos en árbitros supremos de la vida ajena, ponemos a dos hombres frente a frente invitándolos a que se maten?

Verdugos, verdugos del honor, si se quiere, pero verdugos de un honor de contrabando, desconocido, absurdo, sin sanción, tolerado, apenas, como se toleran ciertas monstruosidades sociales hijas de la miseria humana, como se soporta la prostitución, dique podrido, opuesto al torrente de la podredumbre.

Sí, el duelo era a la razón, lo que el lupanar a la moral, uno y otro repugnantes, pero impuestos ambos por la cara de hereje de la necesidad, ya que la sociedad era tan mandria que levantaba sus cárceles y sus cadalsos para los desgraciados que nos piden la bolsa o la vida, mientras reservaba el esplendor de sus palacios para el ladrón que nos roba lo que vale mucho más.


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