Música sentimental

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—El único servicio que nos permitiremos, pues, solicitar de usted, es que nos autorice a dejar acá el cuerpo, por ahora. Entrada la noche, el señor —siguió el barón designando a su colega— y yo vendremos a llevar los restos de nuestro desgraciado amigo a un sitio apartado de estos alrededores, que haga verosímil la fábula del suicidio y aleje toda sospecha de lo que ha sucedido aquí.

—Cuenten ustedes conmigo. Pero ¿y la condesa? —me permití agregar compadecido ante la idea de la situación en que quedaba la infeliz, ¡mujer, al fin!

—Nada absolutamente tenemos que hacer nosotros con la señora condesa. Su cuenta es de esas que sólo se arreglan entre la conciencia y Dios.

—Sin embargo, el conde mismo… —insistí.

—Si el conde habla de ella en el pliego que acaba usted de leer, se comprende sin esfuerzo que es sólo en obsequio a él mismo, en el deseo de ocultar la verdadera causa del encuentro, de que quede ignorado, si es posible, el ultraje que ha padecido su honor. Y, a este respecto, señor, sufra usted que recordemos la obligación sagrada que la memoria de un hombre honrado nos impone, de sepultar para siempre en el silencio el hecho doloroso en que, por desgracia, nos ha cabido tener tan triste parte.

—El recuerdo es inútil; conozco mi deber.


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