Música sentimental
Música sentimental Ora, el marido engañado, escarnecido, se arrojaba sobre ellos airado, con el brazo pronto a herir, y él, en un salto de tigre, lo «madrugaba»; ora la figura fatÃdica del conde, empujando él mismo la tapa de su sepulcro, terrible en su rigidez de muerto, se levantaba, de pronto, junto al lecho y clavaba en él sus ojos hoscos, en los que todo el fuego de una vida extinguida parecÃa haberse encerrado para fulminarlo en una mirada siniestra de ultratumba.
La mancha, sobre todo, la mancha lo aterraba, era espantosa; se agrandaba, teñÃa de rojo el cuello, la camisa, corrÃa, se extendÃa más y más, se derramaba por el suelo y un vapor acre y caliente de sangre lo asfixiaba.
Era, ya la voz egoÃsta del instinto arrastrándolo al homicidio, al sacrificio de otra vida por su vida, ya el grito desgarrador de la conciencia mezclándose al tumulto de la perturbación profunda en que su alma se debatÃa desesperada.
Y, del fondo del caos de sus ideas, una idea se desprendÃa, clara, neta, luminosa como la llama de un volcán, dominando los locos arrebatos del delirio, persistiendo aún en los instantes de tregua, en los raros intervalos en que la razón alcanzaba a recobrar su imperio: la traición de Loulou, despertando en él un sentimiento de aversión y de rencor.