Música sentimental

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—De una manera muy sencilla: metiendo dos donde apenas hay lugar para uno. Usted se ahoga, le falta el resuello, no puede ni rascarse, tiene que pasárselo en cuclillas y tieso como palo a pique para no invadir al vecino sometido al mismo régimen disciplinario. Pero eso no importa un zorro; es fuerza que los dos quepan y caben. ¿El lado higiénico y moral de la cuestión? Saque el cuadrado y el cubo. Divida, luego, entre el número de presentes y le resultará esto: alrededor de media vara de aire por cabeza, es decir, lo suficiente para que uno reviente como en camareta. Pero ¿se le ocurrirá decir a usted, aquí, entonces, no hay policía ni un demonio, cada cual hace lo que se le antoja? ¿Policía? Sí, señor, que la hay, y la mejor policía del mundo, s'il vous plaît. Sólo que, arriba de la policía, de la higiene, de la salud y de todo, está la explotación de marras. Es un rasgo del carácter nacional, voilà tout. No vaya a figurarse, por otra parte, que los elencos cuestan un negro con pito y todo, ni que se va a encontrar usted con cómicos de talla. Hago, bien entendido, excepción de dos o tres escenas, de la Comédie Française, sobre todo, templo consagrado al arte. Aquello ya no es farsa, es verdad. Allí no se miente, se siente. No es la inteligencia que produce, confiada a la inteligencia que traduce. No es Augier en manos de Coquelin; no es el personaje de la comedia, obra fecunda de la fantasía. Cito al acaso: es el hermano de la Aventurera, es Aníbal el que agarra una botella vacía que está llena, va bebiendo hasta vaciarla y acaba por emborracharse y por dormir la borrachera con la plácida beatitud de los borrachos. No es Corneille en boca de Agar que recita el Horacio. Es la encarnación misma de Camila abatida por la pena la que se yergue terrible al oír el nombre aborrecido de Roma y, loca de dolor por la muerte de su amante, lanza contra su patria la tremenda imprecación. Se ve, se oye, se palpa, se siente vivir de veras y queda en el alma, sacudida hasta adentro por la fuerza de la emoción, la impresión profunda que sólo es capaz de grabar en ella el sello imponente de la verdad. No hablo, pues, de la casa de Molière, donde, para entrar, me saco el sombrero. Me refiero a los teatros llamados de genre. Aparte media docena de routiers, especialistas del ramo que divierten porque sí, los otros no pasan de ser unos farsantuelos minúsculos, unos tristes cabotins. El personal femenino tampoco vale caro, que digamos. Para esas señoras, el arte no es una carrera, sino un medio de hacer carrera; el teatro una feria y el proscenio una barraca de saltimbanquis, un mostrador donde exhiben desnuda su mercancía que venden a la mejor postura y dinero de contado. Rodeadas del prestigio de la escena, poudre aux yeuz à l'adresse de novicios y mentecatos, atmósfera de artificio donde el gas y la pintura tapan hasta los hoyos de las viruelas, vienen aquí a buscar hombres, como las otras de su misma estofa, tan degradadas como ellas, pero más feas, más brutas, o más sin suerte, tienen su mercado en los veredones del boulevard o en los fondos de barro de los lupanares, donde bajan en procura de una pieza de cinco francos. Sí señor, esa es la escala y, repito, salvo pequeñas excepciones, unas pocas mujeres de corazón y de talento, en los teatros de París no hay artistas sino plumas.


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