Música sentimental

Música sentimental

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Sí, quedé huérfana a los trece años —exclamó en tono conmovido y lastimero—. Mi padre, loco de dolor, con el corazón despedazado por la muerte de su compañera, no tardó en buscar en los excesos más groseros el olvido de sus penas. Me dejaba sola siempre, sufriendo el hambre y el frío, mientras él pasaba su vida en las tabernas, entregado a la bebida y al juego, con los otros holgazanes del lugar. Muchas veces, después de haber estado ausente todo el día, llegaba a casa de noche y con la cabeza perdida, ebrio, sin saber lo que se hacía, me maltrataba cruelmente porque no encontraba su cena pronta, porque todo en la casa andaba mal, porque era una inútil, decía, diente de fierro y brazo de algodón, una sinvergüenza, una haragana, olvidando el pobre hombre que no me daba ni cómo comprar un pedazo de pan, y que niña todavía, no tenía ni juicio, ni fuerzas bastantes para poder trabajar y reemplazar a mi madre. Tout y passa. Los ahorros, primero, fruto de largos años de trabajo y privaciones, los muebles, después, uno a uno empeñados o vendidos y la casa y el pedazo de tierra, por último, que mi madre había llevado en dote al matrimonio. Fue entonces que, en la pendiente fatal que lo arrastraba, más y más necesitado de dinero con que poder costear sus vicios vergonzosos, contrajo segundas nupcias con la dueña del molino, una mujer rica y perversa. Y fue entonces, también, que empeoró mi triste suerte. Maltratada sin razón, encerrada, estropeada, con el cuerpo lacerado por los bárbaros castigos que sufría, era mi vida una cadena de horribles sufrimientos. Un día —lo recuerdo como si fuera ahora— jugando en la cocina dejé derramar, distraída, la leche que mi madrastra me había mandado hervir. Furiosa, entonces, agarró el asador colgado sobre el fogón y, después de dejarme tendida a golpes en el suelo, desmayada y bañada en sangre, no contenta todavía, no satisfecha su crueldad, echó mano, como de un instrumento de suplicio, de uno de esos largos alfileres que usan en la cabeza las mujeres de mi país. Aún me parece que la veo, al recobrar, después de un rato, los sentidos, agachada sobre mí, lívida, fula, con los ojos inflamados por la rabia:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker