Música sentimental
Música sentimental »“Para que vuelvas en ti —decía, pinchándome atrozmente las manos y la cara—. Yo te he de dar; para que vuelvas en ti, ¡sinvergüenza, vaurien!” —repetía y, ¡encarnizada, furiosa, me hundía y volvía a hundirme el alfiler en las carnes!
»¡Ah! Desde aquel momento terrible que conservaré grabado siempre en la memoria, una idea única me persiguió, fija, exclusiva, persistente con la tenacidad de una manía: huir. ¿Cómo? ¿Con quién? No lo sabía; lo que quería era abandonar a todo trance aquella casa maldita. Cruzó en esos días por el pueblo una tropa de cómicos ambulantes que andaba recorriendo las ferias de la provincia. El azar se encargaba de protegerme. Me escapé de casa sin ser vista, los alcancé a corta distancia y, resuelta, armándome de todo mi coraje, me ofrecí a formar parte de la banda. Fui recibida, primero, con risotadas y burlas groseras. ¿Me figuraba, acaso, que estaban ellos dispuestos a mantener bocas inútiles, a echarse un estorbo al hombro? Y, llenándome de improperios y de insultos, me intimaron bruscamente que volviera a casa de mis padres, amenazándome, si no, con entregarme a la policía en el primer pueblo a que llegaran. Humillada ante el rechazo que acababa de sufrir, llena de vergüenza y confusión, iba a volverme ya, resignada a esperar una ocasión más propicia, cuando el jefe de la banda, un viejo cínico, con la cara abotagada y la voz ronca: