Música sentimental
Música sentimental »“¡Oh! Yo no tengo padres o, más bien, es como si no los tuviera”. Y dije toda la verdad: la conducta de mi padre, la maldad de mi madrastra, la vida que llevaba, los martirios que sufría. Esto acabó de resolverlos, y fui admitida sin más obstáculos a formar parte de entre ellos. Pero hallábame lejos de tocar al término de mis males. Con mi nueva vida debía empezar un nuevo género de torturas. Cuando no me hallaba expuesta a la vergüenza pública, mostrando hasta las nalgas a los badauds que me rodeaban, tenía que soportar la sociedad de mis compañeros, la vida en común con ellos y, entonces, era mil veces peor: manoseada, besoteada, estrujada con dichos y gestos torpes, arrojada como pelota, de uno a otro, entre aquella chusma soez. El viejo, sobre todo, me perseguía con un ahínco brutal, acompañando el hato de obscenidades a favor de las que esperaba contagiarme y subyugar mi voluntad, con un juego de movimientos y visajes asquerosos, que lastimaban todas mis delicadezas de virgen ofendida. Hubo momentos en que llegué hasta bendecir los azotes de mi madrastra y el pan y el agua de mis encierros, ¡tal fue el odio que me inspiró aquella vida entre crápulas! Una vez, de noche, habíamos llegado a una posada después de largas horas de camino, con todo nuestro miserable tren de saltimbanquis: tres carretones tirados por caballos macilentos y cargados de lienzos y trapos viejos. Sabiendo lo que me esperaba, como siempre, luego que los efectos del vino empezaran a hacerse sentir, dejé a mis compañeros bebiendo y blasfemando alrededor de una mesa, bajé sin ser sentida a la caballeriza y, en un rincón, sobre un montón de paja, caí postrada por la fatiga. Allí, por lo menos, en compañía de los brutos, preferible para mí a la de los hombres, esperaba poder dormir tranquila. ¡En vano! De pronto, un tumulto me despertó sobrecogida, tumulto de voces roncas, rajadas por el alcohol, un enredo de carcajadas, juramentos y maldiciones. Eran los otros que, echando de menos mi presencia, habían revuelto la casa, hasta que, al fin, daban conmigo. Fue una fiesta. Sonando en las tablas de la caballeriza con un ruido de caballos que se empujan para llegar más pronto al pesebre, todos se vinieron de golpe sobre mí. Rodeada, acosada, acorralada, como la cierva por la jauría, cansada, al fin, loca de resistir, una desesperación, una rabia, un furor de turpitud me acometió de pronto, una fiebre de arrojarme a las barbas de aquellos hombres. Yo les voy a dar… ¿quieren? Vengan, tomen, hártense. ¡Y me entregué abriéndome toda entera a sus caricias salvajes, y todos pasaron en tropel sobre mi cuerpo, bañada en llanto, jadeante, desgarrada, hecho pedazos mi pudor…!