Música sentimental
Música sentimental Pablo, al día siguiente, vino a que le hiciera el gusto de acompañarlo al bosque.
¿Por tener el placer de ir conmigo?
Que no; por hablarme de su noche y transmitirme sus impresiones.
Cuando la vanidad vive en el fondo, el silencio es un carozo atravesado en la garganta; hay que arrojarlo.
¿Se ha saciado el apetito, se ha llenado el deseo, se ha pagado el capricho, se ha desfogado la pasión? No basta; es necesario que se sepa, que se diga, que se cuente, si no en público, en privado, a un amigo, a un conocido en su defecto y, naturalmente, en un rincón y al oído, con todas las reservas y precauciones del caso, pero sin perjuicio de repetirlo a un tercero, así que la ocasión se presente.
Se anda como con zancos, se ve a los otros enanos, se les mira por encima del hombro. Claro, ellos no se han trepado a los cuernos de la luna.
¡Y qué cuernos, a veces, y qué luna, Dios eterno! ¡Una luna de telón de «Don Juan Tenorio»!
Y, como siempre la vanidad vive en el fondo, para estorbar que alce el grito, fuerza es que medie una razón de estado: o que hablar importe una infamia, si es que no ha nacido uno del todo feo, o que, hablando, se exponga a que le rompan el alma, ejemplo mucho más práctico.
¡Pobre humanidad, siempre así, siempre chiquita!