Sin rumbo
Sin rumbo Eso era su hija, aquel paquete informe de carne hinchada, amoratada, la abertura que miraba allÃ, en el medio, redonda, húmeda, encarnada como la boca de una llaga era una boca, unos ojos aquellas dos placas turbias, opacas, incoloras, sin expresión ni vida; una voz, un llanto humanos, ¡aquel maullido…!
Con la expresión en el semblante, mezcla de asombro, de tristeza y confusión, de quien de pronto sufre un hondo desencanto, Andrés, contempló a su hija.
Hubo una lucha en él. Una curiosidad viva, irresistible, una invencible atracción lo fascinaba, lo empujaba a mirar a pesar suyo, sin poder dejar de hacerlo, a tener clavados sus dos ojos sobre aquel cuerpo de recién nacida, raquÃtico y miserable, mientras, instintivamente, una secreta repugnancia, un sentimiento de inconfesa repulsión lo retraÃa.
Vencido al fin, subyugado por la fuerza de la sangre, acercó su rostro al de la niñita y, lloroso, enternecido, dándolo un largo beso en la frente, «¡Mi hija, mi hijita!…», murmuró con un mundo de caricias en la voz.
—Venga, señora, suba conmigo —dijo después a la partera, pasándose el pañuelo por los ojos.